La carta no volvió a aparecer, pero el silencio que dejó fue tan inquietante como sus palabras.
“El éxito también se cobra. Y tú ya debes más de lo que crees.”
Desde que la leí, algo dentro de mí se tensó, como un hilo invisible que amenazaba con romperse.
Aun así, el taller seguía con su vida vibrante, lleno de telas, ideas y un brillo que parecía incapaz de apagarse.
Mi madre trabajaba en los detalles finales de una pieza en tonos cobre, mientras Alejandro revisaba documentos en su oficina.
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