No corrían, pero el paso si era rápido. Al llegar al puente pudieron observar a mucha gente esperando que ya fuera la hora de que las campanas sonaran. Sin saber cómo, la rubia fue la que guio el camino entre la gente hasta que diviso al borde del puente a su pequeña sentado con los ojos cerrados y a su lado, también sentada, la pequeña de cabellos plateados a la que distinguió muy bien, era la misma niña a la que Armand había salvado en Londres antes de la navidad.
Casualidades de la vida
¡A