Ocho

Lana miró al hombre, completamente asombrada, fingió no haberlo escuchado.

—Vamos mujer, no me haga repetir la pregunta, sé que me escuchó.

—Solo usted puede estar tan ciego para no darse cuenta —balbuceó Lana.

—¿Qué ha dicho? —inquirió el hombre ya cabreado.

—Lo siento, señor, no sé quién es el padre de la pequeña, creo que la madre, la señorita Violet puede responder a su pregunta.

—Muy bien, reciba a la niña, por favor…

Lana extendió los brazos, Salomé se negó, Ignacio la dejó en brazos de L
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