63. Jodidamente mía
Era increíble la forma en la que sus labios encajaban perfectamente, y sus manos viajaban por rincones de la piel del otro que ya conocían de memoria. Allí, tendidos sobre una alfombra en la arena, Cristo susurraba palabras de amor a su ahora prometida que ella correspondía más que encantada, erizándose de pies a cabeza.
— Vamos, todavía hay algo más que quiero mostrarte — susurró él contra su cuello, donde anteriormente había dejado un reguero de besos que la tenían necesitando silenciosamente