La mañana amaneció tibia y serena, filtrando rayos de luz suave a través de las cortinas blancas del hospital. El aroma a sábanas limpias y desinfectante llenaba el aire, mezclándose con la fragancia tenue de las flores que alguien había dejado en un jarrón sobre la mesita auxiliar.
Camila abrió lentamente los ojos, parpadeando contra la claridad dorada que llenaba la habitación. Por primera vez en semanas, no sentía el peso del cansancio apretándole el pecho ni esa ansiedad que le roía el alma