El día se acercaba hacia el ocaso y en la playa sólo estaban Sheily y el «repartidor».
—¿Acaso quiere su propina? —preguntó ella, juguetona—. Se me ha quedado la billetera en casa, pero puedo pagarle de otra forma.
Ahora era Sheily la que lo provocaba, frotándole las nalgas contra la dura verga, meneándose como una desvergonzada.
El amo apartó una mano de sus ojos y le rodeó la cintura, con la otra le seguía impidiendo ver.
—Mi antifaz está en la arena —le susurró ella—, déjeme ir por él.
—Yo