Mi madre posó en los espejos, el vestido celeste le acentuaba bien, finísimas tiras le sostenían en el hombro izquierdo, resaltándola como una dalia en plena primavera.
—Me gusta.
—Al fin—bufó—, ya estaba comenzando a acalorarme.
—Siempre podemos ir por unas bebidas—aventuró Nicholas mientras me palmeaba la espalda—¿no te parece? —inquirió alzando las cejas.
—Ella se pondrá ebria con dos cosmos, así que no la alientes.
—No seas aguafiestas, cariño—protestó mi madre—, que no pretendo frenarme en