—Estás jodiéndome ¿verdad?
La cara de Holly se debatía entre la seriedad y la burla.
—No bromeo—contestó—, pero tampoco es como si estuviésemos, saliendo, saliendo.
Tragué lo último que quedaba de mi sándwich de pollo, sin quitarle la mirada de encima, bebió su soda italiana sin dejar de mirarme también.
—Te gusta—apunté.
—Sí, un poco.
—¿Un poco dices?
—Holly, está viviendo en tu casa, se está llevando bien con tus hijos, y encima de todo se te ha confesado.
Se encogió de hombros.
—Sí, pero, au