El aire en la habitación estaba cargado, denso, como si el tiempo se hubiera detenido en el momento exacto en que nuestros cuerpos quedaron entrelazados. La piel de Vincent aún ardía contra la mía, su respiración era profunda y pausada, como si intentara recuperar el control de sí mismo.
Yo, por otro lado, no podía dejar de reír.
—¿De qué te ríes? —preguntó con una ceja arqueada, su tono divertido mientras deslizaba la punta de los dedos por mi espalda.
—De lo absurdo que fue todo —respondí, ta