Cuando llegamos a la mansión de la madre de Vincent, el aire se sintió denso. No porque fuera incómodo, sino porque era de esos lugares en los que podías oler el dinero en las cortinas y en la vajilla de porcelana. La mujer nos esperaba en la sala, sentada con una copa de vino en la mano, observándome como si intentara descifrar qué demonios hacía yo ahí.
—Tú eres Havana —dijo, entrecerrando los ojos.
—En efecto —respondí, con la misma energía de una entrevista de trabajo para un puesto que no