El hospital olía a desinfectante y a algo más… algo frío. Como si la tristeza se hubiera impregnado en las paredes.
Suspiré antes de entrar en la habitación, ajustándome el abrigo como si pudiera ocultar lo que traía conmigo.
El dinero.
No sabía si el peso en mi pecho era por la emoción o la culpa.
Cuando abrí la puerta, encontré a mi madre sentada en la cama con una revista en las manos y a mi hermana menor, Sofía, acomodándole las almohadas con esa dulzura que siempre la había caracterizado.