La mañana se filtró por las rendijas de las cortinas con una crueldad metálica. Para Dante, el mundo ya no era solo oscuridad; era un océano de niebla blanca y punzante que le hacía arder las sienes. Intentó enfocar su mano frente a su rostro, pero solo vio un espectro pálido moviéndose en la nada. El pánico, ese viejo enemigo que creía haber domesticado, le apretó la garganta.
—Elena... —susurró, pero su voz se perdió en el silencio de la enorme habitación.
Ella le había advertido que sería un