C86. El tiempo se nos acaba.
Sebastián Ferrari
Las palabras de mi madre me golpearon la cara como agua hirviendo. La miré fija, buscando en sus ojos grisáceos a la mujer que solía sentarse conmigo a decirme que los Ferrari no teníamos corazón. No la encontré. Solo vi a una desconocida demacrada que defendía al hombre que nos había ignorado durante una década.
—No te creo —dije en un susurro que sonó más peligroso que un grito—. Ella te lavó la cabeza, mamá. La abuela no está aquí para defenderse y es muy fácil echarle la c