C61. Envenenando la inocencia.
Florella Ferrari.
Lo vi entrar en su despacho y cerrar la puerta. Ese golpe seco fue como un bofetón en mi cara. Mi marido, el hombre que juró protegerme, me despreciaba por una mujer de la calle. Sentí una presión en el pecho, un fuego negro que solo el odio podía alimentar.
—Pecador... traidor —susurré, apretando el rosario hasta que las cuentas se clavaron en mi palma.
Me giré y caminé hacia el ala norte de la villa. Necesitaba aliados. Necesitaba que mi hijo supiera en qué clase de monstruo