C62. Las grietas de la furia.
Sebastián Ferrari
Mi padre palideció. Se pasó la mano por el rostro, buscando una salida. Se levantó y trató de rodear el escritorio para acercarse a mí, para ponerme una mano en el hombro, pero yo retrocedí como si su tacto fuera veneno.
—Hijo, siéntate —dijo él, bajando el tono, intentando esa voz paternal que solía calmarme—. Vamos a hablar.
—No me voy a sentar. Y no voy a dejar que me convenzas con tus cuentos.
—Sebastián, escúchame —dio un paso más, suplicante—. Yo nunca te he mentido. Jam