La biblioteca de la mansión Delacroix se había convertido en el refugio predilecto de Clara y Sophia durante las últimas semanas. Aquella mañana de primavera, la luz se filtraba por los ventanales, dibujando patrones dorados sobre los libros antiguos y el escritorio de caoba donde ambas se encontraban sentadas. Clara observaba con atención cómo la pequeña Sophia trazaba con delicadeza las letras en su cuaderno.
—Muy bien, Sophia —susurró Clara con una sonrisa, señalando el ejercicio completado—.