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La citación llegó con el correo de las nueve, enterrada entre facturas y correspondencia ordinaria como si su peso no fuera suficiente para hundir a cualquiera.

Whitmore la depositó sobre la mesa del salón matinal sin preámbulo, con esa economía de movimientos que tenía cuando traía malas noticias. Clara lo vio hacerlo desde el sillón junto a la ventana, donde Edmund dormía contra su pecho con la boca entreabierta y

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