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La oscuridad de mi habitación no ofrecía consuelo.

Llevaba tres horas acostada en la cama, con los ojos abiertos fijos en el techo de piedra, mientras el reloj en la pared marcaba las dos de la mañana con golpes metálicos que resonaban como sentencias. Cada segundo que pasaba me acercaba más al amanecer. Cada minuto que transcurría me robaba la ilusión de que esto podría terminar de alguna manera diferente.

Mañana, u

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