—No te rendirás pronto, ¿verdad? —preguntó Helena en el momento en que King Ares apareció en la puerta de su habitación.
Con una sonrisa arrogante plasmada en su rostro, Ares cerró la puerta detrás de él, caminó hacia la cama y se sentó en ella.
—Nunca me voy a rendir. Buenos días, amor.
—Buenos días, su majestad —ella pronunció las dos últimas palabras para que él entendiera que no estaba cayendo en su encantador saludo.
King Aresi sonrió y besó su frente.
—Te ves hermosa esta mañana. ¿Ya de