Helena todavía no podía creer que le hubiera dicho que no al rey la segunda vez y hubiera salido viva de su habitación. Sólo la diosa de la Luna sabía lo difícil que era para ella mantenerse firme en cuanto a no tener relaciones sexuales con su pareja.
A ella le encantaba cuando él tocaba su cuerpo. A ella le encantaban sus besos plumosos y, sobre todo, siempre estaba en las nubes cuando él le hacía el amor. Decirle que no era algo que le gustara hacer.
Para ella también era una tortura, pero s