UNA DESPEDIDA.
VICTORIA.
Echo la cabeza hacia atrás, arqueándome contra la madera fría del escritorio mientras mis dedos se enredan con desesperación en su cabello. No lo aparto. Dios, no puedo hacerlo. En lugar de empujarlo lejos, lo jalo más contra mí, rindiéndome al hambre que me consume. Mis jadeos llenan el aire denso y caliente del despacho, erráticos, delatando la absoluta pérdida de mi control.
Escucho el sonido metálico de su cinturón al soltarse. Maximiliano se mueve con una impaciencia salvaje que