PRIMER ASALTO.
VICTORIA.
Abro los ojos. La luz de la mañana entra por la ventana. Estiro la mano hacia el otro lado de la cama, pero solo encuentro sábanas frías.
Me incorporo de golpe. Max no está. Pienso que se largó antes del amanecer; hombres como Maximiliano Markov no se quedan a tomar el café después de una noche así. Me levanto, me meto a la ducha y me organizo rápido para ir al trabajo. Me pongo un traje de sastre, tacones y me recojo el cabello. Estoy lista para la oficina.
Salgo de la habitación aju