VICTORIA.
El aire en el despacho del abogado se ha vuelto irrespirable. Las palabras de ese hombre resuenan, sin exagerar, como una sentencia de cadena perpetua: una cena obligatoria cada mes, una mesa donde el odio y el interés deberán compartir el pan. El abogado ha dejado los documentos sobre la caoba, se ha levantado y, con una parsimonia que me provoca náuseas, ha caminado hacia la puerta.
—Los dejo solos —dice, con la mano en el pomo—. Tomen el tiempo que necesiten. Cuando cruce esa puert