VICTORIA.
Cierro la puerta del apartamento y me quedo ahí, inmóvil, apoyada contra la madera, recorriendo con la mirada el lujoque me rodea. Es la tercera vez que entro aquí, pero esta vez es diferente. Ya no se siente como una habitación de hotel prestada o una jaula de oro temporal; el olor a mi perfume empieza a reclamar el aire y el silencio ya no me resulta hostil. Es mío. O al menos, Maximiliano ha hecho que lo parezca.
Me encamino a la habitación principal y me dejo caer en la cama, toda