VICTORIA.
El aire en la sala privada se siente diferente, no se como definirlo, esta saturado de un silencio que pesa más que el plomo. A diferencia del bullicio del casino, aquí solo se escucha el zumbido de la ventilación y el latido desbocado de mi propio corazón. La sala está revestida de madera oscura y cuero, con una mesa circular de roble que parece un altar para sacrificios.
Maximiliano me guía hasta una de las sillas y se sienta a mi lado, relajado, con una pierna cruzada sobre la otra