VICTORIA.
Salimos de la sala privada y el aire del casino se siente extrañamente diferente, menos amenazante pero mucho más cargado. Maximiliano me lleva sujeta por la cintura, con una fuerza que no me permite separarme ni un milímetro de su costado. A pocos metros, Igor nos espera, apoyado en una columna de mármol con los brazos cruzados y una sonrisa que no augura nada tranquilo.
—¿Y bien? —pregunta Igor, mirándome a mí antes de fijar sus ojos en Max—. ¿Cómo sucedió? ¿Sergei mordió el anzuelo