VICTORIA.
Cuelgo el teléfono y me quedo mirando la pantalla unos segundos. La voz de Maximiliano todavía me resuena en la cabeza: «Está hecho». Una corriente de alivio me recorre la espalda, pero también esa extraña certeza de que ahora estoy ligada a un hombre que no tiembla a la hora de encerrar o aplastar a quien se le cruce. Y justo ahora, eso es exactamente lo que necesito.
Me guardo el celular en el bolsillo del abrigo y me giro hacia Valentina. Ella me ha estado observando todo este tiem