VICTORIA.
No nos quedamos ni un segundo más. La presencia de Maksim ha envenenado el aire de tal forma que Maximiliano no se molesta siquiera en buscar a Igor para despedirse. Me arrastra fuera del penthouse, ignorando las luces, la música y las miradas. Bajamos en el ascensor en un silencio sepulcral y, en cuanto llegamos al estacionamiento, me sube al auto sin decir una palabra.
El motor ruge y salimos del casino como si estuviéramos escapando de un incendio. Solo cuando las luces empiezan a