Más tarde aquel día, mi corazón latía a un ritmo diferente.
No era la adrenalina del deseo, sino la pura ansiedad de volver a ver a mi padre y, esta vez, para darle la noticia que tanto esperábamos.
Crucé los pasillos fríos y grises que ya me conocía al dedillo, pero hoy no me parecieron tan agobiantes.
Cuando me senté ante el cristal del locutorio, me temblaban tanto las manos que tuve que entrelazarlas sobre la mesa de metal.
Entonces, apareció él.
Arnaldo Silva caminaba con los hombros caído