La risa de Laura me llegó antes que cualquier otro sonido, un tintineo leve y cristalino que rompió el silencio de la casa.
Seguí el eco até la entrada de la cocina y me detuve en el marco de la puerta.
La estampa era... familiar.
Demasiado familiar para mi gusto y, por eso mismo, hipnotizante.
Mariana estaba sentada en una de las sillas de la mesa, con la pierna herida estirada hacia un lado.
Laura, mi pequeño torbellino, estaba pegada a ella, casi en su regazo, con todo el cuerpecito inclinad