Se la puso rápido, con los músculos de la espalda tensándose bajo la tela, y la sensación de verle vestirse fue casi tan íntima como verle sin camisa. Rodrigo se giró, con la camisa ahora cubriendo, pero no ocultando, ese físico que parecía esculpido para atormentarme.
— ¿Lista? —preguntó, e ya se inclinaba de nuevo.
— Puedo sola —protesté, hundiéndome en el asiento—. Solo… solo pide una silla de ruedas en recepción.
— Pediré la silla de ruedas cuando estemos dentro —respondió él, con su voz de