El coche entró en el garaje exactamente a las 04:07. En cuanto apagó el motor, me preparé e me giré para abrir la puerta, decidida a hacer ese camino hasta mi cama con dignidad, aunque fuera a saltos de gorrión.
Pero él ya estaba saliendo del coche e la puerta de mi lado se abrió antes de que yo tocara la palanca.
— Vamos —dijo él, con la voz ronca por el cansancio e por horas de silencio tenso. Se inclinó hacia dentro.
— No hace falta —protesté, echándome hacia atrás en el asiento. La idea de