Salí de la consulta con pasos rápidos y el corazón aún pesado, pero ahora con un enfoque de acero.
El miedo y la impotencia dieron paso a una resolución fría y clara.
Tenía un camino. Era un camino que pasaba por tragarse el orgullo, aguantar miradas heladas y vivir bajo el mismo techo que un hombre que me detestaba.
Pero era un camino, y por mi padre, lo recorrería hasta el final, aunque tuviera que arrastrar los pies sangrando.
El sueldo de Rodrigo era mi tabla de salvación. Y nada, ni siquie