**AMARA**
Sus manos eran garras de hierro moldeando mi piel a su antojo. El sonido del broche de mi falda cediendo retumbó sobre el desorden de carpetas y contratos esparcidos por el suelo. No había ternura, solo el choque brutal de dos voluntades empeñadas en someterse la una a la otra.
—Mírame, Sterling —ordenó, la voz áspera por la combustión de su propia rabia—. Mira al hombre al que pretendes gobernar.
La frialdad del escritorio de caoba contra mi espalda descubierta contrastaba con el fue