AMARA
El ascensor se detuvo en el piso ejecutivo con un golpe seco. Magnus salió primero, la espalda rígida bajo un traje de tres piezas que parecía una armadura. Ya no pisaba con la prudencia de un sirviente; caminaba con la cadencia pesada de un hombre que dicta órdenes y firma sentencias. El brillo del mármol y la frialdad del cristal reflejaban su nueva dinastía. Yo lo seguí, sintiendo cómo el veneno de la rabia me abrasaba las entrañas.
—No me ignores, Vance —escupí, aferrando su manga con