—¿Imaginas cómo pudo ser un hijo tuyo y mío? —cuestiona Juan Carlos entre los senos de su querida Emma, dejando besos cortos en ellos, dejándola mareada de encanto—. Sería el dueño del maldito mundo.
—O dueña… —Emma sonríe y entonces acaricia el cabello del rey y hace que éste levante la mirada.
La sonrisa que se dan hace que ambos se sientan realmente felices. A Emma le aterra en parte ésta idea, puesto que cada que tiene algo de felicidad el destino siempre se lo arrebata.
El destino le ha