Eva
El agua caliente caía sobre mi piel, pero no lograba lavar la sensación de sus labios sobre los míos. Me froté con fuerza, como si pudiera eliminar la huella invisible que Damián había dejado en mí. Cerré los ojos y el recuerdo volvió con una nitidez dolorosa: su respiración mezclándose con la mía, el sabor prohibido de su boca, la forma en que mi cuerpo había respondido traicionándome.
—Estúpida, estúpida, estúpida —murmuré mientras apoyaba la frente contra los azulejos fríos.
Llevaba una