92. Un pasado que emerge sin piedad.
Dejó su cartera con cuidado sobre la mesa de la sala principal. No la tiró, no golpeó nada, su furia no era explosiva.
Era fría, precisa, demasiado peligrosa.
Se dirigió a la pequeña cocina de la suite. Cada paso resonaba en el silencio amplio del lugar. Tomó un jarrón grande, de vidrio grueso, lo colocó en la pileta y abrió el grifo. El agua fría salió con fuerza, llenando el recipiente en cuestión de segundos.
Mientras lo sostenía, vio su propio reflejo en la ventana de acero del microondas,