20. El sofá y la guardia rota
No me fui.
Podría haberlo hecho. Tenía el nombre Marín-Roth, el sello del Consejo y una condición que Caden había aceptado. Tenía razones suficientes para irme al edificio C, cerrar la puerta y procesar lo que acababa de aprender en la soledad donde las cosas se volvían manejables.
Me quedé porque quedaba información sobre los dos votos que faltaban. Porque irme antes de entender el perímetro completo del problema era exactamente el tipo de decisión que los últimos seis años me habían enseñado