Cap. 5 ¿¡CÓMO TE ATREVES!?

Al día siguiente, en la fría y minimalista sala de reuniones de Bianchi Tech Expansion, se respiraba una guerra silenciosa.

Frente a frente, los abogados encarnaban posturas antagónicas:

Valeria Stern, impecable en un traje chaqueta color granate, desplegaba carpetas con la precisión de un general.

Su estrategia era clara y ofensiva: divorcio expedito por violencia intrafamiliar y adulterio flagrante. Cada uno de sus movimientos era un desafío.

—Agradezco que aceleremos este proceso. Mi clienta, aquí presente, no quiere que esta situación se complique más —dijo Valeria mirando a Ares, especialmente, un hombre catalogado no solo por ser un empresario frío y poderoso, sino que también parece ser un abusador doméstico.

Malcolm Ruiz, en cambio, parecía estar en su club social. 

Con una sonrisa relajada y un gesto casi de aburrimiento, posó sobre la mesa una carpeta mucho más delgada. Su argumento era un escudo: documentación médica que alegaba la incapacidad legal de Dayana para decidir, pidiendo la suspensión del proceso hasta la recuperación de su memoria o, en su defecto, una declaración de incapacidad permanente.

—Solo quiero que quede en claro, en casos de amnesia selectiva, se recomienda a la persona, no alejarse del círculo familiar, esto la ayuda a recordar.

En el centro de este duelo, Dayana observaba con una sonrisa altanera y ligeramente divertida, como si todo aquello fuera una obra de teatro absurda en la que le había tocado el papel principal. Su pose era la de una reina en territorio conquistado, no la de una víctima.

Ares, desde el otro lado de la mesa, no la quitaba la vista de encima. Su mirada no era de furia, sino de un análisis profundo y perturbador.

La estudiaba con la intensidad de quien descifra un código, como si conociera cada posible actitud y reacción de la mujer que creía poseer, intentando encontrar la grieta en esta nueva fachada.

Valeria no se inmutó ante la documentación de Ruiz. Con un gesto despectivo, tomó una sola hoja de su propio expediente.

—La pericia médica independiente que he solicitado al Dr. Silva —dijo, nombrando a una eminencia en neurología— concluye que, si bien hay amnesia retrógrada, las facultades cognitivas y de toma de decisiones de mi cliente están íntegras y son plenas.

 —En pocas palabras, la señora Bianchi sabe perfectamente que no quiere estar casada con un hombre que la menosprecia y aloja a su amante embarazada. Eso no lo ha olvidado. Lo está decidiendo ahora. Su documento, Sr. Ruiz, es humo.                

Ruiz sonrió, casi con indulgencia.

—Dra. Stern, qué agresiva. Nosotros solo pensamos en el bienestar de la Sra. Bianchi —dijo, y luego dirigió su mirada directamente a Dayana, con una falsa dulzura.

—Sra. Dayana, ¿está completamente segura de querer ahondar en los traumas que llevaron a su... "accidente"? Porque para demostrar esa supuesta "violencia intrafamiliar", tendríamos que ventilar todo. 

—Sus episodios de "ira", sus celos patológicos hacia la Sra. Dulce... Incluso el triste incidente de su propio embarazo fallido hace dos años. ¿De verdad quiere que eso salga a la luz?

La mención del "embarazo fallido de hace dos años" actuó como un detonador.

No fue un recuerdo lo que surgió, sino la sombra pura del dolor. 

Dayana se puso de pie como impulsada por un resorte, la silla cayendo atrás con estruendo. 

Su rostro, antes altanero, se descompuso en una mueca de furia y agonía tan primitiva que Malcolm Ruiz palideció y retrocedió, casi infartado por el huracán de dolor que había desatado.

—¿¡CÓMO TE ATREVES!? —rugió, con una voz que no era un grito, sino un desgarro.

Y entonces saltó. No hacia la puerta, sino sobre la larga mesa de reuniones, deslizándose entre carpetas y vasos de agua, con la intención clara de alcanzar a Ruiz.

Pero Ares era más rápido. Con la agilidad felina de quien anticipa cada movimiento de su presa, interceptó su trayectoria en el aire. 

La atrapó con firmeza, envolviéndola en sus brazos no con amor, sino con la fuerza de un contenedor para una fuerza de la naturaleza.

—¡Tranquila! —gruñó cerca de su oído, pero ella forcejeaba como una fiera, ciega de rabia y dolor.

—¡FUERA TODOS! —rugió Ares hacia la puerta, con una autoridad que hizo temblar los cristales.

El caos estalló. Valeria Stern, protestando con dignidad feroz, fue literalmente sacada a rastras por dos guardias de seguridad que parecían salidos de las paredes. Malcolm Ruiz, sin su falsa relajación, corrió por su vida sin mirar atrás, el eco del grito de Dayana, persiguiéndole por el pasillo.

Y en el centro de la tormenta, Ares sostenía a Dayana, que se desmoronaba de la furia al llanto convulsivo en sus brazos, mientras el secreto más profundo de su matrimonio resonaba en la ahora vacía y destrozada sala de juntas.

Dayana se separó de él bruscamente, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano con rabia.

—¡No me toques! —escupió, pero la fuerza había abandonado su voz, dejando solo un temblor.

—Eso… eso es lo que me quitaron, ¿verdad?, ¿perdí a un bebé?, siento mucho dolor…, yo…, tenía que tener un bebé…

Ares asintió lentamente, sin poder mentirle ante esa verdad desnuda.

—Sí.

Alba se acerca agresiva hacia Ares, lo comenzó a golpear poco elegante, pero con furia.

—¿Qué pasó?, ¿cómo lo perdí?, quiero la verdad, quiero recordar…, tú…, tú debes ser culpable, tú…. —dijo llorosa mientras Ares la volvía a abrazar para calmarla.

—Tenías casi siete meses de embarazo, te dolió mucho, fue muy duro —dijo Ares, frotando su espalda en un acto íntimo que ella sentía extraño, pero no podía dejar de disfrutar.

Pero en ese momento Dayana tomó una decisión, una clara y palpable, esto no podía quedarse así, Ares Bianchi sabía muchas cosas, que ni su tía y menos Elsa le habían dicho. Así  que ahora había tomado una decisión.

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Elvira Portillopobre, seguro que esas víboras le hicieron perder ese bebé
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