Cap. 35 Su Señoría
En la cabaña, de repente silenciosa, solo quedaron ellos tres. Ares jadeaba, los nudillos blancos, temblando de adrenalina reprimida. Dayana se acercó, con Alessio entre ellos, como un sagrado puente.
—Te dije que no intervinieras —susurró Dayana, pero sin reproche. Con asombro.
—Y yo te dije que nunca más dejaría que te enfrentaras sola a un peligro —respondió Ares, su voz ronca. Sus ojos recorrieron cada centímetro de ella y del bebé.
—Lo lograste. Tu plan… tu valentía… Lo lograste.
Dayana entonces vio la mancha roja oscura que se extendía en la manga de la camisa de Ares. El cuchillo lo había rozado en la lucha.
—¡Estás herido!
—Es un rasguño —dijo él, pero ella ya estaba empujándolo para sentarse, colocando a Alessio en su regazo para inspeccionar el corte. No era grave, pero sangraba. Simbólicamente, era todo.
Con tiras de la propia camisa de Ares, Dayana le vendó el brazo allí mismo, con manos que ahora temblaban por la reacción tardía. Cada capa de tela era un gesto de cuidado,