Cap. 54 Casi no te reconocíamos.
Dayana observó al grupo. No proyectaban la amenaza física de Dulce ni el poder crudo de Bárbara. Eran un peligro más sutil, más insidioso: el de la opinión pública manufacturada. Ginevra tenía razón. Eran serpientes de salón, y su mordida era el desprestigio.
—Ya te las presento después —añadió Ginevra, recuperando su tono alegre.
—Con mucho detalle. Pero por ahora… sonríe, tesoro. La guerra tiene muchos frentes, y acabamos de desfilar por todos ellos. Ahora, toca jugar.
Tomó dos copas de champán de la bandeja de un camarero y le pasó una a Dayana.
—Brindemos —dijo Ginevra, alzando su copa, su voz, un suspiro cargado de significado.
—Por nosotras. Porque esta noche, no somos las asediadas. Somos las asaltantes.
El tintineo de sus copas fue suave, pero sonó como un gong que marcaba el inicio de una nueva batalla. Dayana tomó un sorbo, sintiendo el frescor del champán y el fuego de la determinación.
Tenía el mapa completo ahora: las serpientes, los chacales, las culebritas. Y con Ginevr