Cap. 134 Pues yo exploto demasiado.
La mansión la recibió con ese olor particular a hogar que ningún hospital puede replicar. Dayana cruzó el umbral apoyada en el brazo de Ares, sus pies aún frágiles pero su espíritu más firme que nunca.
Todo estaba igual, pero todo se sentía diferente. La luz que entraba por los ventanales, el eco de los pasos en el mármol, el rumor lejano de los niños en la planta superior... Era su casa, pero ahora la miraba con ojos nuevos.
Ojos que habían visto el abismo y habían regresado para contarlo.
—M