Cap. 101 No hay imperio
Dayana se arrodilló, abrió los brazos y Alessio se lanzó hacia ella, sus manitas buscando aferrarse a su cuello. Ella lo levantó, cerrándolo en un abrazo tan fuerte y tan tierno que pareció que ambos se fundían.
Enterró su rostro en el cuello del bebé, inhalando ese olor a talco, leche y pureza, el olor a hogar en su forma más esencial.
—Mi tirano —susurró contra su piel, su voz cargada de una emoción que hacía temblar las palabras.
—Mamá está aquí. Siempre.
Ares, que había seguido a Dayana, se detuvo en el umbral. Había dejado el saco de su traje, la corbata ya suelta. La máscara del CEO, del dios de la guerra, se derretía como cera ante la escena. No había riesgo empresarial, ninguna batalla de poder, ninguna jugada maestra en una junta, que valiera tanto como esto.
Ver a Dayana, su Dayana, la guerrera, la estratega, la mujer que había reconstruido su alma pieza a pieza, reducirse y expandirse al mismo tiempo en el simple acto de abrazar a su hijo.
Y ver a ese pequeño ser, su here