Sus ojos claros, color ámbar me miran fijamente, mientras la ayudo a incorporarse con suavidad. Ella se sostiene de mis hombros hasta que su cuerpo se empareja con el mío. Una especie de campo magnético nos rodea, como si quisiéramos quedarnos así el resto del tiempo, de nuestras vidas.
Repentinamente, ella aparta mis manos de su cintura con repulsión y su mirada cambia, de cálida a fría.
—¡Suéltame! —Me ordena y puedo sentir en el tono de su voz una abrumadora firmeza.
—Sólo quería ayuda