El móvil vibra entre mis dedos, no sé si estoy a punto de volar… o de caer. Y caigo.
Aunque no quiero contestar, sé que debo hacerlo. Le atiendo.
—¿Dónde te has metido, zorra? —escucho la voz tajante, fría, como un puñal que corta sin pestañear.
Me paralizo. El aire se me queda atascado en la garganta.
—E-estaba almorzando —tartamudeo, mirando mis pies descalzos sobre el suelo del restaurante.
Rodrigo, al escuchar el tono de mi voz, se aleja discretamente. Me da la espalda. Me da espacio.