Celos malditos...
Aunque podría quedarme allí, desafiando su incomodidad y arrastrando la mía, prefiero salir antes de que la rabia me ahogue. La sola presencia de ese hombre a su lado me resulta insoportable. Saber que la toca, que la posee y legalmente que ella le pertenece, me revuelve las entrañas.
Él tiene el derecho –ese maldito derecho que da el papel, el altar y el aplauso de todos– de abrazarla, de rozarle la piel, de dormirse junto a ella sin culpa. Yo, en cambio, no soy nadie. Soy apenas un recuerdo