Ahora él entendía el motivo de la celebración, que no era más que un sepelio disfrazado de amabilidad y luces doradas. No podía describir la marea de emociones que lo ahogaba en ese instante, ni dominar los latidos de su corazón que golpeaban como un tambor frenético. Estaba de más intentar justificar lo que decía aquel contrato; era inútil pedir que ella lo entendiese.
— Iba a destruir este documento, de hecho, lo había olvidado.— confesó, su voz rasposa.
— Ese contrato fue redactado al día si