Al cabo de unos minutos, él regresó al comedor completamente renovado. Estaba vestido de manera casual, pero con esa elegancia innata: la camisa remangada hasta los codos y varios botones abiertos que le daban una apariencia de seducción descuidada. Su cabello, aún húmedo, brillaba bajo las tenues luces, y su rostro lucía relajado, aunque sus ojos seguían siendo dos ascuas de interrogación.
Naomi lo contempló detenidamente y, por un momento fugaz, flaqueó en cuanto a su decisión. Jodidamente, ese hombre la desestabilizaba emocionalmente con solo respirar. Pero no. Negó con la cabeza disimuladamente. Nada la haría cambiar de idea.
Él se acomodó en la silla frente a ella, tomó una servilleta y mostró una sonrisa ladina, tratando de desentrañar el motivo de aquella repentina y elaborada celebración.
—Y bien, ¿a qué se debe la ocasión, Naomi? ¿Qué celebramos?— indagó él, genuinamente curioso y a la vez expectante.
—Necesito hablar contigo. Una conversación constructiva, libertadora.— decl