Derek los observaba desde el marco de la puerta, con los brazos cruzados. No quiso interrumpir. Miró fijamente a su esposa, era la primera vez que la veía sonreír con tanta plenitud. Su risa, que ahora la escuchaba por primera vez, era realmente hermosa.
—¿Por qué no entra, señor? —preguntó Flavia, que llegaba con unos refrescos.
Derek negó con la cabeza y se retiró, prefiriendo ir a descansar.
Un nuevo día…
Una gloriosa mañana se alzaba sobre la mansión. El sol subía lentamente, el césped resplandecía, aún húmedo por el rocío de la madrugada. Los cantos de los pájaros se entrelazaban con el zumbido de los colibríes que revoloteaban entre las flores, mientras el suculento aroma del café recién hecho y las especias inundaba la cocina.
Cada mañana, Derek visitaba la habitación de Naomi para asegurarse de que estuviera bien. Sin embargo, ese día decidió no importunar. Bajó al comedor, donde las empleadas organizaban los platos para el desayuno. Se sentó en su lugar y pidió una taza de té